Mi padre pasó 18 años dependiendo de inhaladores para poder respirar.
Cada crisis parecía traer una nueva receta, una nueva dosis o un nuevo medicamento.
Primero fueSalbutamol. Después llegaron otros inhaladores y, durante las crisis más fuertes, también tratamientos con corticoides.
Con los años empezó a cambiar.
Su cara se veía diferente. Su cuerpo estaba más débil. Cada episodio respiratorio parecía costarle más que el anterior.
Mi madre decía que era como ver al hombre con el que se casó apagarse poco a poco.
18 años intentando mantener sus síntomas bajo control.
Pero había una pregunta que yo no podía sacarme de la cabeza:
¿Por qué seguía sintiéndose cada vez peor?
Mi padre murió hace seis años después de años luchando con su respiración.
Y esa experiencia cambió por completo la forma en la que yo veía mi propia tos, la flema de cada mañana y esa sensación de pecho pesado que había aprendido a considerar “normal”.
No quería esperar a quemi respiración empeorarapara empezar a cuidarme.
Así que comencé a investigar qué hábitos y alternativas podían complementar el cuidado respiratorio diario.
Y lo que descubrí cambió mi forma de verlo todo.